Mi hermano vino a casa a comer sin la compañía de Chari, pasándoselo en grande con la perspectiva y el poder que te da el hecho de manejar información trascendental que el resto ni se imagina. Ese estatus privilegiado le había trastornado la personalidad hacia un extremo irónico nunca visto previamente en él. Incluso sus fosas nasales venían a decir que detrás de su rostro inquieto se ocultaba algo muy gordo. Pero a pesar de las pistas que iba dejando caer con sutileza, su secreto pasó desapercibido y, tal vez frustrado, acabó insistiéndome en que fuera a su casa bajo un pretexto sumamente importante.
Totalmente ajeno a la verdad (y puede que incluso algo malhumorado por cualquier injusticia, como de costumbre) rechacé su proposición... Hasta que puso cara de haber protagonizado una travesura de dimensiones irreversibles y desproporcionadas, y dibujara tímidos semicírculos en el aire a la altura de su barriga. Fue tan impactante e inesperado que me causó cierta parálisis. Primero al descifrar lo que me querría decir, y segundo asimilando el concepto del mensaje. Cuando recobré la conciencia mi hermano se había fugado, y tuve que salir pitando a su casa en busca de respuestas.
Así de fulgurante, entraba Tiago en mi vida.
Los ocho primeros meses pasaron como un suspiro. Pero el último mes, se hizo como un bostezo interminable. La barriga de Chari era tan redonda, inmensa y estirada que un alfiler hubiera provocado una hecatombe sin precedentes. Sin duda ella fue la única persona capaz de notar el cambio que suponía el milagro de la naturaleza desde el primer momento. El resto éramos meros espectadores aguardando la hora y velando por los dos.
Hasta que llegó (no sin antes hacerse un poco más de rogar). En algún momento del parto, Tiago se declaró en rebeldía. Viendo la decadencia del mundo exterior y valorando la calidad y comodidad inigualable de sus aposentos, boicoteó el proceder natural del alumbramiento y se colocó al revés. Así que, como tampoco estaba el horno para muchos bollos, y nadie deseaba que el joven ocupa y su mamá sufrieran más de la debido, decidieron evitar el suplicio que hubiera supuesto sacarlo 'por lo civil', y lo sacaron 'por lo criminal'.
Aquel día fui testigo de dos momentos únicos y tremendamente cinematográficos. El primero de ellos sucedió cuando mi hermano hizo acto de presencia en la habitación del hospital con el niño entre sus brazos. Mientras todos los allí presentes centraban sus atenciones y agasajaban con halagos al pequeñajo, yo no podía dejar de fijarme en la nueva expresión instaurada en el rostro de mi hermano. Su repentina condición de padre estaba cambiando su mundo en ese preciso instante de forma radical, y mientras él lo asumía, su mirada lo reflejaba, haciéndose fuerte y llenándose de confianza, con la certeza de que ya nada en el mundo sería tan importante como colocarle bien el gorrito a su hijo o taparle bien con la mantita.
El segundo momento estelar se produjo cuando apareció la camilla de Chari torciendo hacia el interior de la habitación. Yo me lancé a recibirla con la cámara en ristre porque sabía que la catarsis podía ser brutal, y soñaba con inmortalizar un momento así en todo su esplendor. Cuando llegué a su altura estaba desahogándose en un mar de lágrimas que dudo que le dejaran ni ver. Parecía tan exhausta y dolorida que cuando reconoció a mi hermano aún no me explico como pudo levantar tanto el brazo para tocar su mano. Había dejado atrás el sufrimiento y las asperezas de una larga batalla, y ahora se sentía arropada por los suyos. Los enfermeros terminaron de colocar la camilla y se quitaron del medio. Entonces, mi hermana se acercó, y colocó a su lado la criaturilla rubia de cuatro kilos y pico que había estado gestándose día tras día en su interior. Y por fin se reencontraron y se sintieron madre e hijo en el exterior, fundiéndose las emociones de ella con el instinto de él, creando entre los dos una improvisada y hermosa sinfonía compuesta por llantos ahogados y agitados que removieron los sentimientos de todos los que estábamos allí contemplando la escena petrificados.
Después de aquel 14 de julio vinieron los días de recuperación de Chari. Su regreso a casa. El idilio de Tiago con sus tetas. Las comparaciones físicas con mi hermano. Sus prisas por crecer y dejar pequeñas todas las prendas de vestir. Sus primeras risas y sus primeros retratos. El bautizo (donde hice las veces de padrino)...
Los ocho primeros meses pasaron como un suspiro. Pero el último mes, se hizo como un bostezo interminable. La barriga de Chari era tan redonda, inmensa y estirada que un alfiler hubiera provocado una hecatombe sin precedentes. Sin duda ella fue la única persona capaz de notar el cambio que suponía el milagro de la naturaleza desde el primer momento. El resto éramos meros espectadores aguardando la hora y velando por los dos.
Hasta que llegó (no sin antes hacerse un poco más de rogar). En algún momento del parto, Tiago se declaró en rebeldía. Viendo la decadencia del mundo exterior y valorando la calidad y comodidad inigualable de sus aposentos, boicoteó el proceder natural del alumbramiento y se colocó al revés. Así que, como tampoco estaba el horno para muchos bollos, y nadie deseaba que el joven ocupa y su mamá sufrieran más de la debido, decidieron evitar el suplicio que hubiera supuesto sacarlo 'por lo civil', y lo sacaron 'por lo criminal'.
Aquel día fui testigo de dos momentos únicos y tremendamente cinematográficos. El primero de ellos sucedió cuando mi hermano hizo acto de presencia en la habitación del hospital con el niño entre sus brazos. Mientras todos los allí presentes centraban sus atenciones y agasajaban con halagos al pequeñajo, yo no podía dejar de fijarme en la nueva expresión instaurada en el rostro de mi hermano. Su repentina condición de padre estaba cambiando su mundo en ese preciso instante de forma radical, y mientras él lo asumía, su mirada lo reflejaba, haciéndose fuerte y llenándose de confianza, con la certeza de que ya nada en el mundo sería tan importante como colocarle bien el gorrito a su hijo o taparle bien con la mantita.
El segundo momento estelar se produjo cuando apareció la camilla de Chari torciendo hacia el interior de la habitación. Yo me lancé a recibirla con la cámara en ristre porque sabía que la catarsis podía ser brutal, y soñaba con inmortalizar un momento así en todo su esplendor. Cuando llegué a su altura estaba desahogándose en un mar de lágrimas que dudo que le dejaran ni ver. Parecía tan exhausta y dolorida que cuando reconoció a mi hermano aún no me explico como pudo levantar tanto el brazo para tocar su mano. Había dejado atrás el sufrimiento y las asperezas de una larga batalla, y ahora se sentía arropada por los suyos. Los enfermeros terminaron de colocar la camilla y se quitaron del medio. Entonces, mi hermana se acercó, y colocó a su lado la criaturilla rubia de cuatro kilos y pico que había estado gestándose día tras día en su interior. Y por fin se reencontraron y se sintieron madre e hijo en el exterior, fundiéndose las emociones de ella con el instinto de él, creando entre los dos una improvisada y hermosa sinfonía compuesta por llantos ahogados y agitados que removieron los sentimientos de todos los que estábamos allí contemplando la escena petrificados.
Después de aquel 14 de julio vinieron los días de recuperación de Chari. Su regreso a casa. El idilio de Tiago con sus tetas. Las comparaciones físicas con mi hermano. Sus prisas por crecer y dejar pequeñas todas las prendas de vestir. Sus primeras risas y sus primeros retratos. El bautizo (donde hice las veces de padrino)...
Lo que está claro es que no existe comparación posible entre una imagen y su descripción literaria (del mismo modo que resulta inaceptable pretender comparar una adaptación visual con la obra literaria original). Hace tiempo que tengo la mala costumbre de observar miradas y de alimentarme de situaciones y contextos excepcionales, ya sean propios o ajenos, que nos desnudan y nos exponen a los ojos de otros cómo realmente somos, y sigo sin saber transmitir toda su humanidad y belleza con el mero uso de las palabras. Muchos besos y muchos abrazos a todos.
| ¿Existen palabras para describir esto? |