Se me antoja inevitable no aprovechar la oportunidad de tontear un poco con las ironías de la vida. Ahora que he sido declarado injustamente moroso, me pregunto si, de ser un caso más extremo, pudiera llegar a darse el tremendo caso de compartir mi sombra con un cobrador del frac llamado Vázquez (peculiar y carismático, con gafas... y el pelo aplastado, rollo Gollum). Estaríamos ante el mismo guionista que retrató con humor negro de altísimo nivel la muerte cinematográfica de Bin Laden.
Al grano. Siendo yo de esos que ponen cuatro euros por tal de no entrar en vicisitudes con el 0,33 periódica pura al comprar una botella de Johnnie Walker a diez euros entre tres, ¿cómo es posible, teniendo en cuenta mi naturaleza generosa, que me vea involucrado en una situación tan comprometida?
Madrid, julio del 2009. Días antes de salir por patas de Mordor, llamo a ONO. Mientras me mamo la música y le doy coba al contestador automático para que me pasen con un comercial, ordeno mis argumentos para no salirme de mi discurso, cosa que me suele suceder con frecuencia.
Quiero dar de baja mis servicios de Internet y teléfono, informo. El comercial se interesa inmediatamente por los motivos y me pregunta. Le explico que abandono la ciudad antes de lo previsto, que no tengo ninguna perspectiva de conservar la cuota mensual de algo que no voy a disfrutar, y que no pierda el tiempo en convencerme. Lo lamenta y acto seguido me recuerda el compromiso de permanencia y la cifra a la que asciende la multa por romper el contrato (119€). Llegados a este punto, saco mi arsenal. Le aseguro al hombre que no hay problema, a menos que esperen hasta el último día hábil para darme de baja (son quince, y me niego a que me cobren medio mes por la jeta). El comercial se lo piensa, y antes de hacerse el tonto le amenazo. Si os retrasáis descaradamente en darme de baja no pagaré ni un céntimo. El comercial ni se inmuta ni entra al trapo. Sin prometerme nada, me da a entender que hará lo que esté en sus manos para complacerme. Un profesional. Sin nada más qué decir, doy las gracias y cuelgo.
A las dos semanas investigo los últimos movimientos de mi cuenta corriente. Me han dado el palo: medio mes (26€) y la multa (126€). Me pongo como un energúmeno y le comunico al banco que cancele sobre la marcha la transferencia correspondiente a la penalización.
Ya en Cáidz, recibo una llamada de ONO. Quieren saber por qué no he apoquinado la multa. Me concentro en guardar mi tono y mis formas y contesto lo más educadamente posible que un comercial ha incumplido su palabra, que se ha pasado por el forro mi advertencia, y que además ha esperado hasta el último día hábil para darme de baja y cobrarme lo máximo posible (los putos 26€). Se exculpa por su compañero, por él, por la empresa a la que representa y hasta por Mourinho (que por aquel entonces andaba en el Inter). Sin embargo, me recuerda desinteresadamente que hay un contrato firmado, y confiesa que le gustaría saber si por mi mente pasa pagar o no pagar. Siendo consciente que están grabando la conversación, le dejo claro que no voy a pagar un carajo hasta que no me reintegren los veintiséis euros que me han estafado. Y ahí queda la cosa.
Cádiz, mayo del 2011. No me devolvieron nada. Como tampoco me dieron el coñazo olvidé la incidencia. Alguna vez que me acordaba, pensaba. Habrá prescrito, como las multas. O lo típico. Soy un hueso duro de roer. Pero nada más lejos de la realidad.
Recibo una llamada de Barcelona. Una mujer con voz celestial se presenta como una abogada representando a la compañía de ONO. Me coge tan desprevenido que me bloqueo y no me da tiempo a ordenar mis argumentos ni a controlar mi tono ni mis formas. Me pregunta qué ha pasado y comienzo a largar con pelos y señales. Pongo a ONO a parir. Les acuso de haber incumplido su palabra y de haberme estafado descaradamente veintiséis euros. Me pregunta si esta situación es producto de veintiséis euros y le digo que no, que es por principios. Que qué cojones se creen para coger lo que no es suyo, que no me pienso dejar pisotear, que son unos sinvergüenzas, y que si quieren que les pague la multa me tienen que devolver hasta el último céntimo. La abogada, lejos de comportarse como los exclavos de ONO, se toma a guasa mis principios y luego me vapulea sin compasión. Me dice que tengo la obligación de cumplir el contrato firmado de mi puño y letra, y que si no pago voy derechito a la lista de morosos (con su alto interés de morosidad correspondiente). Me pregunta si lo he entendido y le contesto que sí. Me pregunta si estoy dispuesto a pagar y le contesto que no. Se despide y me cuelga.
La semana pasada me llama otra abogada con voz celestial interesándose por mi caso. No puede ser, le digo, ya hablé con una compañera suya. Suaviza el tono como las sicólogas y me pide que haga el favor de contarle a qué viene tanto rollo. Como no tenía mejor cosa que hacer se lo cuento con tranquilidad. Cuando acabo, me pregunta si estoy dispuesto a pagar una indecencia (de 600€ a 900€) por defender mis principios. Mientras analizo las posibilidades de que se esté tirando un farol, titubeo. Finalmente, decido tirarme yo otro y contesto que sí. Me pregunta si de verdad estoy dispuesto a seguir adelante hasta las últimas consecuencias y empiezo a dudar. Para disimularlo, pruebo suerte con el chantaje. Le cuento que mis padres son clientes de ONO desde tiempos inmemoriables, que pienso darme de baja de forma inmediata y que es su compañía la única que tiene algo que perder en toda esta historia. Me dice, en otras palabras, que le importa un coño. Que ni es su empresa, ni ella tiene ONO en casa. Que este es su trabajo y que si no pago de forma inmediata que me vaya preparando. Le digo que vale y antes de que me cuelgue ella, le cuelgo yo. Al rato recibo un mensaje suyo con el número de la cuenta corriente, la referencia de la incidencia y los euros a pagar.
Llamo a ONO con un mosqueo del quince. Quiero dar de baja mis servicios de Internet y teléfono (refiriéndome a los de mis padres), informo. El comercial se interesa inmediatamente por los motivos y me pregunta. Le explico toda la historia. Tras confirmar mis datos y consultar mi expediente me explica que estoy equivocadísimo, que me dieron la baja a los cinco días y que no esperaron hasta el último momento (de ahí 126€ y no 119€, como es lo habitual). Le pido que sea más concreto y me cuenta la de San Quintín mientras compruebo en mi cuenta el baile de fechas y números a los que hace mención. Todo cuadra. Aún así me pide disculpas por el malentendido y me hace una oferta del 15% en la factura (de mis padres) durante seis meses. La acepto de buena gana y colgamos.
Busco el número de teléfono de Jazztel en Google. Llamo y les pido que tramiten una portabilidad. Al día siguiente saldo mi deuda y dejo de ser un moroso.
Quiero dar de baja mis servicios de Internet y teléfono, informo. El comercial se interesa inmediatamente por los motivos y me pregunta. Le explico que abandono la ciudad antes de lo previsto, que no tengo ninguna perspectiva de conservar la cuota mensual de algo que no voy a disfrutar, y que no pierda el tiempo en convencerme. Lo lamenta y acto seguido me recuerda el compromiso de permanencia y la cifra a la que asciende la multa por romper el contrato (119€). Llegados a este punto, saco mi arsenal. Le aseguro al hombre que no hay problema, a menos que esperen hasta el último día hábil para darme de baja (son quince, y me niego a que me cobren medio mes por la jeta). El comercial se lo piensa, y antes de hacerse el tonto le amenazo. Si os retrasáis descaradamente en darme de baja no pagaré ni un céntimo. El comercial ni se inmuta ni entra al trapo. Sin prometerme nada, me da a entender que hará lo que esté en sus manos para complacerme. Un profesional. Sin nada más qué decir, doy las gracias y cuelgo.
A las dos semanas investigo los últimos movimientos de mi cuenta corriente. Me han dado el palo: medio mes (26€) y la multa (126€). Me pongo como un energúmeno y le comunico al banco que cancele sobre la marcha la transferencia correspondiente a la penalización.
Ya en Cáidz, recibo una llamada de ONO. Quieren saber por qué no he apoquinado la multa. Me concentro en guardar mi tono y mis formas y contesto lo más educadamente posible que un comercial ha incumplido su palabra, que se ha pasado por el forro mi advertencia, y que además ha esperado hasta el último día hábil para darme de baja y cobrarme lo máximo posible (los putos 26€). Se exculpa por su compañero, por él, por la empresa a la que representa y hasta por Mourinho (que por aquel entonces andaba en el Inter). Sin embargo, me recuerda desinteresadamente que hay un contrato firmado, y confiesa que le gustaría saber si por mi mente pasa pagar o no pagar. Siendo consciente que están grabando la conversación, le dejo claro que no voy a pagar un carajo hasta que no me reintegren los veintiséis euros que me han estafado. Y ahí queda la cosa.
Cádiz, mayo del 2011. No me devolvieron nada. Como tampoco me dieron el coñazo olvidé la incidencia. Alguna vez que me acordaba, pensaba. Habrá prescrito, como las multas. O lo típico. Soy un hueso duro de roer. Pero nada más lejos de la realidad.
Recibo una llamada de Barcelona. Una mujer con voz celestial se presenta como una abogada representando a la compañía de ONO. Me coge tan desprevenido que me bloqueo y no me da tiempo a ordenar mis argumentos ni a controlar mi tono ni mis formas. Me pregunta qué ha pasado y comienzo a largar con pelos y señales. Pongo a ONO a parir. Les acuso de haber incumplido su palabra y de haberme estafado descaradamente veintiséis euros. Me pregunta si esta situación es producto de veintiséis euros y le digo que no, que es por principios. Que qué cojones se creen para coger lo que no es suyo, que no me pienso dejar pisotear, que son unos sinvergüenzas, y que si quieren que les pague la multa me tienen que devolver hasta el último céntimo. La abogada, lejos de comportarse como los exclavos de ONO, se toma a guasa mis principios y luego me vapulea sin compasión. Me dice que tengo la obligación de cumplir el contrato firmado de mi puño y letra, y que si no pago voy derechito a la lista de morosos (con su alto interés de morosidad correspondiente). Me pregunta si lo he entendido y le contesto que sí. Me pregunta si estoy dispuesto a pagar y le contesto que no. Se despide y me cuelga.
La semana pasada me llama otra abogada con voz celestial interesándose por mi caso. No puede ser, le digo, ya hablé con una compañera suya. Suaviza el tono como las sicólogas y me pide que haga el favor de contarle a qué viene tanto rollo. Como no tenía mejor cosa que hacer se lo cuento con tranquilidad. Cuando acabo, me pregunta si estoy dispuesto a pagar una indecencia (de 600€ a 900€) por defender mis principios. Mientras analizo las posibilidades de que se esté tirando un farol, titubeo. Finalmente, decido tirarme yo otro y contesto que sí. Me pregunta si de verdad estoy dispuesto a seguir adelante hasta las últimas consecuencias y empiezo a dudar. Para disimularlo, pruebo suerte con el chantaje. Le cuento que mis padres son clientes de ONO desde tiempos inmemoriables, que pienso darme de baja de forma inmediata y que es su compañía la única que tiene algo que perder en toda esta historia. Me dice, en otras palabras, que le importa un coño. Que ni es su empresa, ni ella tiene ONO en casa. Que este es su trabajo y que si no pago de forma inmediata que me vaya preparando. Le digo que vale y antes de que me cuelgue ella, le cuelgo yo. Al rato recibo un mensaje suyo con el número de la cuenta corriente, la referencia de la incidencia y los euros a pagar.
Llamo a ONO con un mosqueo del quince. Quiero dar de baja mis servicios de Internet y teléfono (refiriéndome a los de mis padres), informo. El comercial se interesa inmediatamente por los motivos y me pregunta. Le explico toda la historia. Tras confirmar mis datos y consultar mi expediente me explica que estoy equivocadísimo, que me dieron la baja a los cinco días y que no esperaron hasta el último momento (de ahí 126€ y no 119€, como es lo habitual). Le pido que sea más concreto y me cuenta la de San Quintín mientras compruebo en mi cuenta el baile de fechas y números a los que hace mención. Todo cuadra. Aún así me pide disculpas por el malentendido y me hace una oferta del 15% en la factura (de mis padres) durante seis meses. La acepto de buena gana y colgamos.
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1 comentarios:
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