Soy bastante malo a la hora de vender ideas o conceptos, no es ninguna novedad. Me lamento de ello porque dadas mis pretensiones profesionales debería presumir de todo lo contrario, de saber vender las cosas con el total convencimiento y con la fría seguridad de lo que estoy vendiendo es brillante, insuperable, único y, si se encarta, rentable.
En Madrid, por ejemplo, sufría de lo lindo a la hora de exponer posibles historias para posibles cortometrajes, y creo que es culpa, entre otras cosas (y no es ninguna gilipollez) de la honestidad. El arte de vender ideas o conceptos es muy artificial, sobre todo cuando intentas vender algo que no serías capaz de comprar en circunstancias normales, y sobre todo cuando además, siendo consciente, exageras las virtudes de lo que estás vendiendo. Hay quien lo interpretará a su manera, pero para mi es una falta relativa de honestidad.
Volvemos a Madrid. Tal vez sufría de lo lindo a la hora de exponer mis historias porque era muy consciente que ni por asomo eran brillantes, insuperables o únicas, por lo tanto, y aunque supiera, no sería capaz de venderlas como tal. Jamás se me ocurriría, entre otras cosas porque el daño de la vergüenza y de la humillación de quedar en evidencia con los resultados sería el equivalente a un golpe mortal.
Llegados a este punto podemos dar con una conclusión ligeramente decepcionante: la única forma de vender una idea o un concepto, sin cometer pecado, es yendo con la honestidad por delante.
He soltado todo éste rollo porque por fin está abierta la nueva sala de Offside y, como ya dije, porque soy muy malo a la hora de vender ideas o conceptos. La nueva sala se llama Onside (como no podía ser de otra manera) y mentiría si dijera que es insuperable. Si os pasáis, espero de corazón que os guste el local y el trato. ¡¡Hasta dentro de dos días!!
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