Iba yo ayer a eso de las cuatro de la mañana camino a casa con mi hermano, y con un par de cervezas de más, mientras especulábamos con las claves del esperadísimo Madrid-Barça que se nos avecina.
Como buenos aficionados al fútbol que somos, nos contradecimos en todo de forma sistemática hasta que llegó el momento de despedirnos. La causa estaba condicionada por la rivalidad: a él le gustaría que ganara uno; y a mi 'no me importaría' que ganara el otro (aunque siendo por mi hermano estaría dispuesto a ceder el empate).
Iba ya en el ascensor, dándole las últimas vueltas a algo relacionado con nuestras diferencias, cuando de pronto lo ví todo en full hd...
"La vida es como un Madrid-Barça", sentencié para mis adentros. "Lo importante es ganar o triunfar. Rara vez se valora el modo en el que se produce la derrota o el fracaso. Al fin y al cabo, lo que cuenta es el resultado".
Esta tajante y fría disyuntiva enfrentaba subconsciente e inintencionadamente a dos polos opuestos de mi personalidad y del mundo: la ambición y el derrotismo. Inmediatamente pensé que cada vez estoy peor, y me tapé la cabeza con la almohada intentando evitar cualquier debate en mi fuero interno que se prolongara hasta altas horas de la madrugada. Pero cuando peor me las veía sin ninguna conclusión... Volví a verlo todo con nitidez, fácil, transparante:
"Si tengo que pasar por esta vida para perder, que sea con la filosofía del Barcelona".

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