La paciencia... Sin ella la gente puede perder la cabeza. Toda la puta vida esperando por culpa de los deseos. Lógico que ocurran cosas. A veces he pensado en tirar la toalla, pero no sé cómo se hace... O sí sé cómo se hace, pero me aterra el hecho de sólo pensarlo. Desde luego no pienso rendirme en esos términos. Ni si quiera sé por qué le estoy dando la más mínima importancia cuando el pensamiento ha sido de lo más fugaz.
Sin embargo, puede que así sea la vida. Esperar sin tirar la toalla. Aguantar lo máximo posible. Mirar al frente con la cabeza alta y producir. Produciendo te sientes útil y bajo el amparo de la conciencia personal y colectiva. Siendo claros, hay que producir para poder mirar al frente con la cabeza alta. Día tras día. Hasta que un día te despiertes con cincuenta años y veas las cosas de otra manera. Lo ideal sería sentirte arropado por tu propio orgullo.
La vida es increíble. Rica en matices. Y cada pensamiento que surge excitado por cada matiz es capaz de iluminarte por un segundo, y de repente te ves encontrándole el sentido a todo, descubriendo la verdad absoluta, el por qué, y toda esa mierda de dónde venimos y a dónde vamos, hasta que un mosquito cruza por delante de tus gafas y te desconcentra, haciendo añicos todas tus estupidas respuestas. Pero vuelves a esperar porque crees que merece la pena. Esperar sin producir. Hasta que los remordimientos te empujan como quien no quiere la cosa a una discreta rendición. Y así es como se cumple el ciclo. La paciencia... La amenaza de la inopia... El peligro de la desesperación.
Pero no sólo es eso. Luego estás tú y tu tú. Que es lo fácil y lo complicado a la vez. Todo ese circo interno de emociones, sentimientos y sensaciones que se agitan y dan vueltas un día sí un día no. Como una montaña rusa. Pequeñas historias que empiezan y acaban una y otra vez un día sí y un día no. Fruto de tus inquietudes. Sé que también tenía que ver con la conciencia, con los deseos y con los putos remordimientos, pero por culpa del mosquito ya no lo puedo demostrar. Era como un bucle que merecía la pena.

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