23 de octubre de 2008

[Relato] El controlador de los espacios

Un joven atleta exhibe su admirable ritmo de carrera a todo aquel que lo presencia por una de las arterias que componen los numerosos caminos del parque, pasando como una exhalación por detrás de un banco donde casi despeina a un hombre que allí permanece sentado. Dicho sujeto parece leer un periódico mientras sorbe con mala educación un café de esos que son para llevar. Desde su privilegiada posición domina todos los espacios. Da otro sorbo, lee otro titular, pasa la página. El periódico parece aburrido y no consigue suscitar su interés. Subyace de este modo el deseo de hacerse cargo de su ansiada ocupación. Esa ocupación que le hace sentir a sí mismo el controlador de los espacios.

A no más de veinte metros divisa a un joven practicando una extraña arte marcial. No está seguro, y se rebana los sesos sin obtener mayores resultados o pruebas concluyentes que le den la razón. Más alejados, en la otra dirección, hay otros dos jóvenes jugando al béisbol. Se decanta por ellos. El ‘pitcher’ lanza la bola con tanta fuerza y a la vez tan centrada que el bateador no es capaz de reaccionar. La bola, como era obvio, le golpea aparatosamente en el rostro. “¡Straic uno!”, se escucha a lo lejos. El controlador ríe con discreción desde su trono mientras el que ha recibido el pelotazo discrepa con el responsable del lanzamiento. Tras un diálogo poco moderado y unilateral parece que resuelven sus diferencias.

Después de otro sorbo vuelve a concentrarse en los movimientos del misterioso karateka. De pronto, éste hace claramente una bicicleta sobre el aire, da una zancada hacia adelante, estira la pierna hacia atrás y golpea con fuerza al vacío. El controlador queda atónito mientras sorbe escandalosamente un poco más de café y aparta el periódico de sus rodillas con desprecio. El mismo joven que lanzó el certero zapatazo al imaginario balón, se coloca en un suspiro en la posición de portero, y tras un gran salto y una prodigiosa estirada en el aire, cae como un plomo contra el suelo. El controlador aguarda en vilo. El portero se levanta como si no hubiera pasado nada (disimulando magistralmente el costarazo) y se sitúa en la posición donde se produjo el lanzamiento. El controlador observa como, el ahora delantero, celebra el gol por todo lo alto quitándose la camiseta primero, y arrojándose sobre la hierba seca después. Golazo. “¡Straic dos!”, se escucha desde lo lejos. Demasiados puntos de interés en un mismo espacio/tiempo.

El controlador de espacios mira orgulloso el café. “Qué gran día”, parece pensar, y otorga otro gran trago al brebaje. Casi sin respiros, el ‘pitcher’ vuelve a la carga con el último y definitivo lanzamiento.

Allá va. Esta vez la bola sale disparada a la velocidad del sonido. El bateador, con los ojos cerrados, golpea la bola con tanta fuerza que el bate sale despedido de sus manos. Estamos ante el mejor golpeo de su vida. Pero el controlador de espacios se fija en la trayectoria del bate, sospechando que algo está a punto de ocurrir. El atleta reaparece corriendo por uno de los caminos cercanos al campo de béisbol y, sin saber el cómo y el por qué, un bate colisiona contra él con suma violencia, yendo a parar el atleta a un seto y el bate a uno de los árboles. El controlador ríe ahora a carcajadas. El atleta sufre el leñazo entre los arbustos, que se menean suavemente haciendo las delicias del controlador. “¡Jomraun!, ¡jomraun!”, parece gritar el bateador desde lo lejos, corriendo con la adrenalina por las nubes sobre las bases imaginarias, llamando súbitamente la atención del controlador, que en mitad de sus carcajadas busca ansioso el vuelo de la bola, con la absoluta certeza que su paradero dará en alguna diana.

Sin embargo, el sol está en su máximo esplendor y le da de lleno en toda la cara, dejándole la vista negra por unos instantes. El controlador cesa de reír y maldice su repentina mala suerte, que está a punto de impedirle presenciar el climax. Desesperado, y aún sabiendo que es imposible luchar contra el poder indiscutible de los rayos del sol, abre con ímpetu y coraje uno de sus ojos sacrificando la salud de éste con tal de conocer el desenlace final. A punto de darse por vencido y ya con el ojo lagrimoso por la incidencia formidable del astro rey, divisa una diminuta sombra en el cielo que le devuelve renovados los ánimos, y a punto de quedarse definitivamente ciego consigue contemplar como a cada metro que la sombra avanza su tamaño se multiplica sistemáticamente por dos y su velocidad drásticamente por cuatro, soprendiendo a nuestro querido controlador que no espereba presenciar semejantes fenómenos en una parábola, y mucho menos que aquella fuera a ser la última imagen que su ojo totalmente rojo y abierto capturaría antes de capturar la bola.